Recuerdo especialmente un proyecto para una empresa con más de 15.000 clientes distribuidos por todo el país. Contaban con un equipo de solo tres formadores, que viajaban constantemente para explicar cómo utilizar el sistema que comercializaban.
Propuse una solución innovadora: crear un manual de uso en formato vídeo.
Todo el contenido —tutoriales, ejemplos prácticos, novedades del sistema— se grabó en un CD-ROM, que luego se enviaba por correo postal a cada cliente. En aquella época, Internet aún no era una opción viable para la distribución de contenido.
El resultado fue un gran éxito: los usuarios finales mejoraron significativamente su comprensión del producto, y la empresa redujo drásticamente los costes en formación y desplazamientos.
Además, este sistema marcó una gran diferencia frente a la competencia, porque permitía aprender de forma audiovisual y sacar el máximo partido a la aplicación sin depender de formaciones presenciales.
Fue un claro ejemplo de cómo la tecnología, bien aplicada, puede transformar la experiencia del usuario y optimizar los recursos de una empresa.